AMADA FAMILIA EN LA FE,
En mi mensaje más reciente estuvimos meditando en la vida de Job, un hombre íntegro, temeroso de Dios y apartado del mal. La Palabra nos enseña que, aunque Job poseía grandes riquezas, ninguna de ellas ocupaba el lugar que le pertenecía a Dios. Su prioridad no eran sus bienes, sino su comunión con el Señor.
En un solo momento, Job perdió sus posesiones, sus hijos y todo aquello que había construido. Sin embargo, en medio del dolor, no acusó a Dios ni le atribuyó error alguno. Job reconoció que todo lo que tenía provenía del Señor y, aun quebrantado, decidió adorar.
Esa es una de las enseñanzas más poderosas de su historia: las añadiduras nunca pueden cambiar nuestro enfoque. Podemos disfrutar de los bienes y de las misericordias que Dios nos concede, pero nuestro corazón debe permanecer firme en Él. La verdadera integridad se revela cuando seguimos confiando, incluso cuando no comprendemos lo que está sucediendo.
Durante su proceso, Job fue herido por personas cercanas. Su esposa cuestionó de qué le había valido servir a Dios, y sus amigos hablaron sin entender la profundidad de lo que estaba viviendo. Hay momentos en los que quienes están a nuestro alrededor no comprenderán nuestro proceso y hasta intentarán desviarnos de nuestra confianza. Pero Dios conocía a Job. Él sabía cuán profunda era su relación con Él.
Job mantuvo su comunión con Dios en medio del quebranto. No dejó de adorar. No permitió que el dolor destruyera su fe. Finalmente, después de conversar con el Señor, declaró: “De oídas te había oído; mas ahora mis ojos te ven” (Job 42:5, RVR1960).
En ocasiones, Dios permite que seamos sacudidos para que podamos contemplar su grandeza de una manera que nunca antes habíamos experimentado. Podemos haber escuchado hablar de Dios durante muchos años, pero es en medio de ciertos procesos donde llegamos a conocerlo personalmente.
También vemos que Dios le pidió a Job que orara por los amigos que lo habían lastimado. Y fue mientras Job intercedía por ellos que el Señor quitó su aflicción. Job todavía estaba enfermo y sentado entre las cenizas cuando decidió perdonar y orar.
Tal vez hay asuntos que no serán removidos hasta que arreglemos aquello que tenemos pendiente en nuestro corazón. No podemos desearles mal a quienes nos han herido. Debemos perdonar, bendecir y orar por ellos. La oración por quienes nos afrentan también forma parte de nuestro proceso de restauración.
Después de todo lo vivido, Dios aumentó al doble lo que Job había poseído. Bendijo su postrer estado más que el primero, le dio nuevamente hijos, extendió sus años y le permitió contemplar hasta la cuarta generación.
Hoy quiero recordarte que viene una gloria postrera. Lo que has atravesado no será el capítulo final de tu historia. No has perdido tu comunión con Dios, no has perdido su propósito y no has perdido la promesa.
Dios desea más de nosotros. Él quiere que nuestros pensamientos permanezcan en Él y que aprendamos a abandonarnos completamente en sus brazos. No se trata solamente de estar de rodillas todos los días, sino de vivir confiando, descansando y dependiendo de su voluntad.
No dejes de adorar a Dios. No permitas que el proceso te robe la fe. Aunque hoy no comprendas lo que estás viviendo, llegará el momento en que podrás decir como Job: “Ahora mis ojos te ven”.
La cosecha está lista. La gloria postrera viene. Permanece firme, perdona, intercede y confía. El Dios que sostuvo a Job también te sostendrá a ti.
Con amor en Cristo,
Apóstol Wanda Rolón
