AMADA FAMILIA EN LA FE,
Hoy quiero recordarte una verdad poderosa: somos el cuerpo de Cristo. La Iglesia no es una organización humana, ni un lugar de entretenimiento, ni una estación espiritual donde vamos solo cuando sentimos que estamos vacíos. La Iglesia es el cuerpo visible de Cristo en la tierra, y Cristo es la cabeza.
La Palabra declara: “Vosotros, pues, sois el cuerpo de Cristo, y miembros en particular.” — 1 Corintios 12:27, RVR1960
Esto significa que cada uno de nosotros tiene una función, una asignación y un propósito dentro del cuerpo. Nadie está de más. Nadie es insignificante. Dios te colocó en un lugar específico para bendecir, servir, edificar y levantar a otros.
Vivimos en una cultura que muchas veces quiere convertirlo todo en consumo: voy si me gusta, si me entretiene, si me conviene o si recibo algo. Pero la Iglesia no fue diseñada para espectadores. La Iglesia recibe, pero también da. La Iglesia adora, sirve, ama, alumbra y sazona.
Cristo es la cabeza, y nosotros somos Su cuerpo. Por eso no podemos funcionar desconectados, aislados o sin compromiso. No fuimos llamados a caminar solos. Si uno cae, otro lo levanta. Si uno sufre, el cuerpo lo siente. Si uno es honrado, todos nos gozamos.
También debemos cuidar el cuerpo. La murmuración, la crítica, la falta de amor y la división mutilan lo que Dios quiere sanar y levantar. Hace falta más oración y menos habladuría. Hace falta más amor para comprender que mi hermano no es perfecto, pero sigue siendo parte del cuerpo de Cristo.
El enemigo siempre intentará que veamos solo los defectos del hermano, pero el amor de Dios cubre multitud de faltas. Como cuerpo estamos llamados a cuidarnos, honrarnos, respetarnos y caminar bajo la dirección de la cabeza, que es Cristo.
Congregarnos no es una costumbre religiosa; es una expresión de pertenencia. David dijo: “Yo me alegré con los que me decían: A la casa de Jehová iremos.” En la casa del Señor venimos a adorar al Rey, a ser formados, a servir y a recordar que pertenecemos a algo mayor que nosotros mismos.
Y sí, el cuerpo de Cristo tendrá cicatrices. Servir también trae heridas. Amar también cuesta. Permanecer también exige. Pero esas cicatrices son evidencia de una Iglesia que ha peleado, ha resistido, ha servido y ha permanecido de pie por la gracia de Dios.
Cristo amó tanto a la Iglesia que se entregó a sí mismo por ella. Por eso, no menospreciemos Su cuerpo. Amemos la Iglesia. Sirvamos en la Iglesia. Cuidemos la Iglesia. Seamos parte activa de lo que Dios está haciendo en este tiempo.
Hoy te pregunto: ¿cuánto te has comprometido para que fluya de ti la bendición?
No eres un espectador. No eres un visitante sin propósito. Eres parte del cuerpo de Cristo, y en Cristo eres valioso, necesario y útil.
Con amor en Cristo,
Apóstol Wanda Rolón