AMADA FAMILIA EN LA FE,
El Señor volvió a recordarnos una verdad poderosa: no fuimos llamados a servir por obligación, sino por amor.
La consagración no nace de la presión, nace del entendimiento de lo que Cristo hizo por nosotros. Él no solo nos salvó, nos dio vida en abundancia, nos limpió con Su sangre y nos dio acceso directo al Padre. Por eso, nuestra respuesta no puede ser indiferencia… nuestra respuesta debe ser entrega.
Cuando entendemos cuánto hemos sido perdonados, aprendemos a amar más profundamente. Y cuando amamos, nos consagramos. No por miedo al castigo, sino por gratitud.
Hoy ya no necesitamos un sacrificio humano ni un sacerdote que entre al lugar santísimo una vez al año. Cristo ya lo hizo todo. Su sangre nos limpió y nos dio libertad. Ahora nos corresponde a nosotros presentar nuestra vida como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios.
La lucha entre la carne y el espíritu es real. Cada día decidimos. Cada día elegimos. Pero el Espíritu Santo está en nosotros, guiándonos, redarguyéndonos y fortaleciendo nuestra vida para agradar a Dios.
No fuimos llamados a aparentar, fuimos llamados a ser transformados.
No fuimos llamados a escondernos, fuimos llamados a ser luz.
No fuimos llamados a religión, fuimos llamados a relación.
La consagración por amor es una decisión diaria. Es levantarnos cada mañana y decir:
“Señor, hoy quiero agradarte. Hoy quiero vivir para Ti.”
Recuerda: Dios no te descalifica. Él te restaura, te forma y te da nuevas oportunidades. Y mientras perseveres, verás fruto.
No te canses de hacer el bien.
No te rindas.
No retrocedas.
Porque a su tiempo, si no desmayas, cosecharás.
Te amo en el Señor,
y oro para que vivas una vida llena de Su presencia.
Con amor en Cristo,
Apóstol Wanda Rolón