Basada en Efesios 4:14-16, el Espíritu Santo nos confrontó con una verdad poderosa: es tiempo de madurar.
Dios es un Dios de procesos. Todo lo que Él crea pasa por etapas de crecimiento, desarrollo y formación. El problema no es haber nacido de nuevo; el problema es quedarse sin crecimiento, sin raíces y sin fruto.La Palabra nos enseña que no podemos ser niños fluctuantes, llevados por cualquier viento de doctrina. El creyente maduro discierne, sabe identificar lo que viene de Dios y lo que no. Por eso el Salmo 1 declara bienaventurado al que no anda en consejo de malos, sino que se deleita en la ley de Jehová.
Nuestro alimento es la Palabra. Nada puede sustituirla. Nada la reemplaza. Es triste ver creyentes que no la escudriñan, que viven de emociones y no de convicciones. El alimento sólido es para los que han decidido crecer.El creyente maduro no vive en murmuración ni crítica. No se sienta en silla de escarnecedores. Antes de señalar a otros, examina su propio corazón. La madurez se refleja en humildad, carácter y fruto.
Hoy más que nunca, Dios está buscando gente madura, porque vienen tiempos que demandan firmeza espiritual. No siempre podremos evitar el foso de los leones, pero la fe madura camina por encima de las circunstancias.El Señor nos llama a echar raíces, a discipularnos, a conocer la visión y a someternos al proceso. La deformidad en el cuerpo de Cristo muchas veces nace de la falta de sujeción y formación.
Recordamos el encuentro de Nicodemo con Jesús. Era maestro de la ley, pero no tenía revelación. El nuevo nacimiento no es natural, es espiritual. Sin nacer de nuevo no se puede ver el Reino de Dios, ni participar de su manifestación.La iglesia tiene que dejar la liviandad y abrazar la responsabilidad espiritual. Fuimos llamados a dar fruto, y ese fruto es para bendecir a otros. No podemos ser como la higuera que aparentaba vida pero no tenía fruto.
La madurez no llega con los años, llega con la decisión de crecer. El inmaduro se ofende por todo, vive de emociones y rehúye la corrección. El maduro perdona, ama, sirve y permanece firme aún en procesos difíciles.La Palabra declara que la prueba de nuestra fe produce paciencia. Dios usa el desierto para formar nuestro carácter. No todo lo que duele es ataque; muchas veces es formación divina produciendo santidad en nosotros.
La madurez no es apariencia externa; es una vida transformada por el poder de Dios. Vemos el ejemplo de Pedro: en su inmadurez negó a Jesús, pero cuando maduró se levantó con valentía delante del Sanedrín.Iglesia, Dios viene a buscar fruto maduro. Es tiempo de dejar el biberón espiritual, de crecer, de afirmarnos en la Palabra y de caminar en responsabilidad.
Oro para que el Espíritu Santo nos impulse a desarrollarnos, a profundizar nuestras raíces y a reflejar a Cristo con una vida que dé fruto abundante.
Con amor en Cristo,
Apóstol Wanda Rolón