El Señor nos habló con claridad: es tiempo de marchar.
El pueblo de Israel había salido de Egipto, pero todavía cargaba las marcas del cautiverio. Así también muchos vienen al Señor con heridas del pasado que intentan frenar su avance. Pero hoy hay una directriz del Espíritu Santo: no importa lo que el enemigo haya causado, llegó la hora de lo que has orado, esperado y creído.
El enemigo no se quedó quieto; persiguió al pueblo. El temor apareció, las quejas surgieron y algunos preferían volver a la esclavitud antes que enfrentar el riesgo del desierto. Pero Moisés habló fe, no miedo. Declaró salvación, afirmó la victoria y confió en que Jehová pelearía por ellos.
Dios nos enseña que no todo se comparte, que hay sueños que se guardan en oración, y que debemos hablar conforme a lo que creemos. Cuando el enemigo se deja ver, es señal de que hay victoria. El enemigo que hoy ves, nunca más lo volverás a ver.
Dios miró a Moisés, lo vio firme, y entonces le habló. Orar es necesario, pero llega un momento donde Dios nos dice: no pierdas tiempo, acciona. Hay una parte que nos toca hacer y otra que solo Dios puede hacer.
Dios abrió camino donde no lo había. Cubrió al pueblo, confundió al enemigo y convirtió el mar en tierra seca. El mismo camino que fue bendición para Israel, fue destrucción para los egipcios.
Hoy Dios le dice a los cansados, a los enfermos, a los desanimados y a los debilitados: marchen. Somos una iglesia guerrera, guardada por elDios que no duerme. Las armas de nuestra milicia no son carnales, son poderosas en Dios.
Iglesia, es tiempo de marchar.
Somos el ejército más poderoso sobre la faz de la tierra.
Con amor en Cristo,
Apóstol Wanda Rolón